Sólo hay que tener miedo del miedo

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Por Jesús Rodríguez

Revista Debate – Este artículo lleva por título la frase que fuera pronunciada por Franklin Delano Roosevelt al asumir la presidencia de Estados Unidos de América en tiempos de crisis mundial. No es casual que el actual presidente, Barack Obama, la reprodujera en su propio mensaje inaugural, a un país que se encuentra apabullado por una debacle económica de magnitud similar a la de 1930.
Todavía discuten los economistas en torno de las políticas del New Deal, que rescataron a ese país del abismo en el que se encontraba. Sin embargo, existen pocas divergencias de opinión acerca de que el liderazgo político y la creación de instituciones fueron fundamentales para retornar al ciclo de prosperidad y crecimiento económico.
¿Qué es lo que demanda la ciudadanía ante la crisis? Certidumbre, previsibilidad y confianza, tres atributos sobre los que trabajaron y trabajan todos los Estados en pos de una salida. Para ello, es necesario construir un liderazgo nacional e internacional capaz de movilizar la voluntad y la esperanza, reconstruir un relato, un “gran relato”.
A esa construcción se refirió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando, en el año 2007 y en ocasión de su asunción, trazó una genealogía política que engarzaba a Mariano Moreno, José de San Martín y Manuel Belgrano con Eva Perón y las Madres de Plaza de Mayo, con las notables ausencias de Juan Domingo Perón e Hipólito Yrigoyen. Trazó con la palabra el Proyecto del Bicentenario y no hizo mención a ninguna medida concreta de política pública. Pretendió acrisolar, desde su muy buena oratoria, la base de la gran narrativa kirchnerista.
A un año largo de ese discurso, al que le asistía el beneficio de la duda en cuanto a llevar a la práctica ciertos principios esbozados, tanto la realidad como la práctica política desplegada han echado por tierra ese intento de creación de un mito fundacional. Tal vez, por esta razón, la oquedad de su palabra se hizo patente y difícil de defender por sus espadas más abnegadas, cuando abrió las sesiones ordinarias del Congreso, el domingo último.
De su alocución no se desprende que la calidad institucional mejore en este año, máxime si se tiene en cuenta que dio como ejemplos de la misma a la estatización de Aerolíneas Argentinas, del sistema de capitalización previsional y al blanqueo de capitales.
Poco se puede rescatar en la senda de la recomposición de canales de consenso político con algunas alusiones al diálogo que, se sabe, no es una de las mejores prácticas de este gobierno. Pero aun si se computa como un acto fallido el “olvido presidencial” de no inaugurar formalmente las sesiones ordinarias, que era el objetivo de la visita al recinto, recordemos que, por mucho menos, el presidente Obama tuvo que volver a jurar. Detalles.
Ni memoria de la gestión, ni lineamientos para el futuro. Algunas cifras de la economía, estadísticas que “son al dirigente político lo que el poste de luz al borracho: sirven para sostenerse pero no para iluminarse”. En esa penumbra, la Presidenta ve un “modelo de país” que hasta podría exportarse como solución a la crisis mundial.
Acierta Cristina Fernández de Kirchner cuando dice que “será necesario encontrar un modo de cooperación y funcionamiento global sustancialmente diferente. El acuerdo debe ser global”. Pero su idea no encastra con la pobre gestión de la diplomacia argentina, que durante los últimos años ha sido pensada y ejecutada para el consumo interno. Sirva como ejemplo la controversia entre los ambientalistas de Gualeguaychú y la empresa Botnia, incidente que Néstor Kirchner “nacionalizó” en detrimento de una solución que conservara los vínculos estrechos entre ambos países.
Un gobierno debilitado que ha dejado de lado la construcción del “gran relato” para centrarse en advertir que “éste será el año más difícil de los últimos cien”, no ha dado siquiera un paso hacia la posibilidad de recomponer la confianza. A contrapelo de esta posibilidad, la Presidenta juzga “necesario lograr instrumentos que permitan intervenir adecuadamente en la economía”, sin anticipar siquiera uno de ellos, generando más incertidumbre en vez de despejarla.
La palabra tiene la virtud de crear cosmovisiones enteras, lo que es sabido en la política, pero hay que acompañarlas con actos que las convaliden; de lo contrario, se desvanecen frente a la cruda realidad, al igual que la niebla se disipa con el calor del sol.

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