Una ceremonia como para hacer temblar al mundo

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Fue como se preveía y mucho más: la fiesta de apertura de los Juegos valió la pena por sí misma y también como símbolo del futuro que viene. 15.000 artistas en escena, 30.000 fuegos artificiales y una fiesta de cien millones.

CríticaDigital.com.ar – El 8 del 8 del 8 ya llegó, y lo que para los chinos era numerología de buen augurio, para una periodista de Letonia es un desastre: la chica no aguantó más el calor y se desmayó en el palco de prensa. Para el comienzo de Pekín 2008 faltaban 8 minutos.

La rubia se perdió algo para lo que no existe un nombre preciso. No fue la inauguración de los Juegos Olímpicos. Ni siquiera fue la inauguración de cien Juegos Olímpicos juntos.

Fue lo imposible. China hizo lo imposible y le dijo al mundo: aquí estamos, mírennos, somos capaces de todo. Si se dan los cálculos de algunos especialistas, que sugieren que China pasará a ser la primera potencia del mundo en 2025, tal vez ayer se haya escrito el prólogo de ese cambio de hegemonía. Si Estados Unidos y Europa son el presente, China huele a futuro.

La imagen del final, la del ex gimnasta Li Ning eyectado a la atmósfera, volando por el medio del estadio Nido de Pájaros y caminando por el aire para encender el pebetero olímpico, tiene mucho de simbólico: China mira para arriba, China conquista el espacio, China desafía la ley de gravedad, China levita.

Lo fascinante de China es que, además de futuro, le sobra pasado. Lo de ayer fue eso: un repaso de historia, un adelanto del futuro, una discoteca en vivo, una lección de escenografía, un máster en vestuario, una torre de Babel. Y todo desmesurado, todo gigantesco, todo chino.

Pekín está a 220 voltios pero, visto con la perspectiva de un futbolero argentino, el Nido de Pájaros es una bendición para todos los que llegan con taquicardia a la tercera bandeja de la Bombonera. Para entrar al estadio olímpico de Pekín casi no hay que subir escaleras: está construido por algunos metros debajo del nivel de la ciudad. Los periodistas, destinados al primer anillo, incluso tienen que bajar.

Hay 35 grados a las 8 de la noche del 8 de agosto de 2008. Menos mal que no hay 88. Pero los 35 parecen 88: son pegajosos, la tribuna se derrite. Gustavo Flores, enviado del diario Hoy de El Salvador, propone un juego: “Vamos a darle un premio al periodista que no tenga la camisa transpirada”. El premio queda desierto y encima se desmaya la rubia de Letonia.

Se prende la iluminación del estadio. Hora de comenzar: 2008 percusionistas tocan 2008 fous, un instrumento antiguo con caja de bronce. La música se fusiona con la luz y, con cada golpe que recibe, el fou se enciende y se arma la primera escenografía de la noche.

El campo de juego se transforma entonces en un inmenso cartel luminoso: 60. Diez segundos después, los músicos forman el 50. Diez más tarde, el 40. 30. 20. 10. 9. 8. 7. 6. 5. 4. 3. 2. 1. Booooom: fuegos artificiales, fuegos artificiales, fuegos artificiales. Largan de la plaza de Tiananmen, siguen en otros 28 puntos de Pekín y terminan en el Nido de Pájaros. China está iluminada. Es su Big Bang.

A las 8.08, la bandera de China entra al estadio. A esta hora, con los registros civiles cerrados, ya serán marido y mujer las 14.983 parejas que, atraídas por el número de la buena suerte, quisieron casarse ayer.

Los fuegos artificiales recuerdan que este país inventó la pólvora, pero también la tinta: sobre el césped se despliega un pergamino. Cinco mil años de historia se intentan explicar en cuatro horas de ceremonia. Se recrea la ruta de la seda. Duendes de colores levantan los anillos olímpicos. El taichi, que simboliza la armonía entre el hombre y la naturaleza, gana la escena. Un dragón vuela encima de los 91.000 espectadores. La ópera de Pekín se hace escuchar. El Nido de Pájaros a veces es un teatro. Otras, una película. Siempre, alucinante.

Los tres cerebros de la ceremonia son Zhang Yimou, director de cine chino; Iko Ishioka, vestuarista japonés; y Mark Fisher, escenógrafo inglés. La organización entrega una carpeta con los datos de la fiesta. Los datos abruman: hay 15.000 artistas en escena, 30.000 fuegos artificiales, la preparación de la fiesta comenzó hace siete años y costó cien millones de dólares. Puf. Cuando empieza el desfile de países, se sabe que las delegaciones no serán 205, como se había anunciado ayer, sino 204: Brunei no mandó ningún atleta.

Los griegos, como siempre, son los primeros en salir: es un guiño a la historia. Todo esto no habría sido posible si los antiguos helénicos no se hubieran juntado en Olympia, en el año 334 antes de Cristo, para competir en 13 deportes. Sus herederos entran al Nido de Pájaros como si estuvieran en el Mediterráneo: trajes blancos, estilo marino, piel bronceada.

Guinea Bissau sólo tiene cuatro deportistas. Un remise les alcanzaba para llegar al estadio. Detrás, caprichos del alfabeto chino, le toca a Turquía. Entre los turcos y los griegos hay mala onda, y no sólo en lo deportivo: la división de Chipre es el mejor ejemplo. A unos y otros, cada país con más de 80 representantes, sólo los separan los cuatro muchachos de Guinea Bissau. Ni a propósito.

Llega Israel y es un ejemplo, de la misma manera en que después lo serán Irak, Irán y Siria. Es el momento de Japón y de su primer ministro, Yauso Fukua, que saluda a sus deportistas con devoción de geisha. Un momento esperado: la delegación de Taipei, que quiso llamarse Taipei, pero los chinos se salieron con la suya y en el cartel de presentación escribieron “China Taipei”.

Desde las tribunas hay aplausos. Enseguida sale Hong Kong, y es anunciado como China Hong Kong: más aplausos del público. Le toca a Gambia y nada, ni siquiera indiferencia. Es como si nadie se hubiese enterado, lo cual supuso una enorme injusticia para su abanderado, que desfiló con anteojos negros no de sol, sino de boliche after hours. Los de Benin usan esa especie de pijama tan popular en África: ropa suelta, bordó estridente y gorros dorados.

África pura. Los de Dinamarca son más pulcros (o aburridos): adelante, las chicas de blanco, atrás, los chicos de rojo. Entra Uruguay y dos atletas saltan descontrolados, al ritmo de la murga. La gente está feliz y disfruta, excepto la locutora del estadio, a quien le cuesta horrores pronunciar el nombre de los países: el de Uruguay fue algo así como “iuguguá”. Llega Brasil y saluda Lula. Entra Paraguay y las cámaras eligen a Leryn Franco, una de las atletas más lindas de los Juegos.

El desfile de los palestinos es un símbolo. Y también una esperanza: sus cuatro representantes caminan de la mano y no se sueltan durante los 400 metros de recorrido. Para Cuba hay ovación: es uno de los países más queridos, aunque el comunismo de un lugar sea tan distinto al del otro. Los de Burundi entran con plumas y los de Qatar, como jeques árabes: todos usan túnica blanca.

Lo que sigue es fascinante: a Ruanda, uno de los países más sufridos del mundo, le sigue Luxemburgo, el de mayor PBI per cápita. El contraste debería ser mayúsculo, pero no lo es: vaya a saberse quiénes son más felices. Ahora viene India, el de la paradoja: ¿cómo puede ser que el segundo país más poblado del planeta, con más de 1.100 millones de habitantes, apenas presente 40 atletas en la ceremonia de apertura?

Las nigerianas bailan, las españolas parecen azafatas con esos moños, una chica de Djibouti entra con lentejuelas sobre los ojos, Nepal exhibe su extraña bandera triangular, la única no rectangular del mundo, Suiza entra con Roger Federer y Máxima Zorreguieta se excita cuando entra Holanda y agita un pañuelo naranja como si estuviese en el Monumental.

Y entra Irak: aplausos, muchos aplausos. El dolor genera respeto, o tal vez compasión. ¿Cuántos familiares y amigos habrán perdido esos atletas durante los últimos años? Es el tiempo de Corea, y aquí hay un problema: los del Norte no quisieron desfilar con los del Sur, como estaba previsto, y pidieron salir cuatro países por detrás. Para los norcoreanos, hay una ovación. Para los del Sur, nada.

Un rato después de los argentinos llegan los estadounidenses: hay aplausos, hay silbidos, fallo dividido. El que pierde por nocaut es George W. Bush: la silbatina es fuerte, unánime. La elección del abanderado fue la última provocación: López Lomong, atleta, mediofondista, fue refugiado sudanés hasta los seis años, cuando se escapó a Estados Unidos. Entre China y los de Bush hay tensión, entre otros temas, por el apoyo de los asiáticos a Sudán.

Ya no falta nadie: el Nido de Pájaros es el centro del mundo. La ceremonia es un canto de paz y una paloma vuela hacia el cielo de Pekín. Pero en el resto del mundo hay problemas: en Turquía, una persona se inmola frente a la embajada china.

En India, los refugiados tibetanos multiplican sus protestas. A propósito: ¿dónde estará el Dalai Lama en este momento? También en París, Madrid y varias capitales más, miles de personas se pronuncian contra los atropellos de China. Pero es difícil que esas protestas prosperen. China, además de haber inaugurado los Juegos Olímpicos, le acaba de decir al mundo que es capaz de todo. Hasta de lo imposible.

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