Planificar Buenos Aires en la era de la información

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Por Fabio Quetglas

LaNación.com.ar – Cuando no entramos en el subte por las mañanas, cuando colapsan las redes ante un auge inmobiliario, cuando en cada recuperación económica descubrimos un déficit de oferta profesional en algún rubro clave, etcétera, repetimos la respuesta mágica: Hay que planificar. A nadie ofende ni fastidia, pero, ¿qué se quiere decir con eso?

Aunque parezca recurrente hay que destacar que la planificación es una actividad contextual y que planificar no es idéntico en un contexto bélico que en uno que no lo es; en un país unitario que en uno federal; en la sociedad industrial que en la informacional; con superávit fiscal o sin él. Muchas veces se trata de condicionantes de una misma actividad, otra de determinantes que alteran la esencia de la actividad planteada.

Ahora bien, la emergencia de la sociedad-informacional, con sus consecuencias en materia de matriz económica, modos de movilidad, formas y segmentación del consumo, requerimiento de capacidades laborales, uso del suelo, al menos constituye un contexto condicionante de la planificación que al alterar de modo tan sustantivo el objeto de la misma, muchas veces hace inútil los modos previos de su concepción.

¿Qué es planificar en la actual cultura de inmediatez derivada de la oferta tecnológica? ¿Qué es planificar cuando la cultura mediático-visual desplaza el debate argumental por la imposición emocional?

Defiendo conceptualmente la planificación y por eso quiero liberarla de modas y respuestas de ocasión. Y en función de esto me atrevo a decir que hoy en Buenos Aires, planificar es recuperar capacidad de gestión. Dijo alguna vez Lincoln: "Si me dan cuatro horas para derribar un árbol, invierto tres en afilar el hacha", porque con el hacha desafilada (un Estado que no funciona) jamás podremos derribar el árbol (intervenir exitosamente en la ciudad a favor de la calidad de vida).

El correlato necesario de un plan es el conjunto de capacidades sociales, no exclusivamente estatales, para realizarlo. Porque, y no quiero ser aguafiestas, un plan no se legitima en sí mismo, sino en los impactos que produce o induce. Los diversos planes de la ciudad, ¿contemplan los requerimientos y las tensiones de la sociedad informacional? ¿Qué restricciones, conflictos, horizontes temporales y complejidades se derivan de un planeta más conectado, de mercados más relacionados, de modos de vínculos sociales tan alterados? La ciudad, ¿cómo expresa esa emergencia y cómo puede administrarse su evolución? Cargamos con el déficit histórico de no haber construido institucionalidad a nuestra realidad metropolitana, y con eso mutilamos cualquier posibilidad de planificación exitosa desde mediados del siglo XX.

Por esto hemos pagado un enorme costo de desorganización y pobres servicios públicos (sobre todo, los sectores sociales más pobres). Sin embargo estamos a tiempo de pensar a Buenos Aires como modo calificado de la sociedad-red. No es sencillo y requiere un plan, pero seguramente con otras herramientas y formas de concepción aún por construir.

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