La mala educación limita el desarrollo argentino

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Opinión de Leandro Haberfeld

Resulta parte del sentido común de nuestros días pensar que existe una relación directa entre el nivel educativo alcanzado por un país y su capacidad de crecer y desarrollarse sostenidamente en el tiempo. También que la inversión en ciencia y tecnología, cuando éstas se encuentran convenientemente articuladas con las diferentes ramas de la producción, resulta un factor clave para generar, a través de fuertes incrementos en la productividad, un modelo de país con salarios altos, un sólido mercado interno y una excelente inserción competitiva en los mercados externos.

Sin embargo, todos los buenos augurios que depara la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología se ven ensombrecidos por una realidad que nos sorprende: el nivel de la educación argentina se encuentra ubicado en el lugar 53 entre 57 países, de acuerdo con una prueba de alto prestigio internacional. ¿Quiénes serán, entonces, los científicos del futuro? ¿Qué capacidad real tendrá esta Argentina para la promoción de la innovación productiva? ¿Cuál es el verdadero modelo de país que se esconde ante la inmutable mirada de dos ministros de educación, el de Néstor y el de Cristina, directa o indirectamente vinculados con las políticas educativas de los últimos 15 años?

No hace falta escudriñar mucho para comprenderlo: ese modelo de país es el modelo de la provincia de Buenos Aires, gobernada ininterrumpidamente desde hace 20 años por el peronismo. Es la escuela de la contención social, que no forma ciudadanos sino que reproduce la democracia del clientelismo político.

Ya no sólo estamos hablando del fracaso de las políticas que le brinden un horizonte a los más de 11 millones de argentinos mayores de 15 años que nunca fueron al secundario, o a los más de un millón seiscientos mil jóvenes entre 20 y 24 años que no lo terminaron en la última década, sino de algo mucho más perverso aún: de un sistema educativo que educa cada vez menos. Por eso asistimos impávidos una y otra vez a la frustración en el primer año de la universidad de miles de jóvenes que advierten no sin amargura que su título secundario los habilita legalmente, pero los limita en la práctica para convertirse en profesionales. Sí, la deserción durante los dos primeros años de la universidad alcanza a más del 40%  en promedio, alcanzando en algunos casos el 60%.

El Sr. Tedesco, actual ministro de educación, sostiene que esta situación no debe achacársele al último gobierno y que todo lo bueno realizado en los últimos cuatro años podrá evaluarse en el mediano plazo. El Sr. Filmus escribe notas defendiendo su paso triunfal por el Palacio Sarmiento. Sin embargo, no debemos esperar tanto para evaluar cuán ineficaces fueron ambos en la función pública, en un período de bonanza económica y cuantioso superávit fiscal. 

Veamos….

¿Por qué, con los fondos disponibles, no se cumplió en tiempo y forma con el plan de construcción de 700 escuelas entre 2003 y 2007? ¿Por qué más de la mitad de las provincias no han podido cumplir en 2007 con la ley que establece un mínimo de 180 días de clase? ¿Cuáles fueron los resultados concretos del programa nacional que se propuso incentivar con magras becas a los mejores estudiantes secundarios para seguir la carrera docente y, en ese marco, por qué son cada vez menos los jóvenes que elijen serlo? En la misma lógica de pretender mediante incentivos reorientar la demanda, ¿cuál ha sido el impacto del programa que pretendió que haya más estudiantes de ingeniería a través, nuevamente, del otorgamiento de becas? ¿Alguien se ha puesto a analizar que la baja elección de esa carrera no se resuelve con la política de la “zanahoria”, sino que se debe al grave déficit de formación básica en matemática? ¿Existe alguna evaluación de gestión que muestre el impacto, además del mediático, que tuvo el reparto de “libros” en las canchas de fútbol?

Se han ocultado deliberadamente a la sociedad los resultados de los operativos de calidad educativa en las escuelas, mostrando solamente los resultados generales. Los padres nos tenemos que enterar a través de una prueba extranjera acerca del estado actual de la educación que reciben nuestros hijos.

Se entretuvieron cuatro años en legislar, cambiando las leyes que ellos mismos apoyaron en los ’90,  cuando la principal tarea del poder ejecutivo es la acción. En este nuevo gobierno que se inicia esperemos que vuelvan de la “luna de Valencia” en la que estuvieron mirándose al espejo, y que no desaprovechen en su función de gobierno esta oportunidad histórica que tiene la Argentina de convertirse en una gran y feliz Nación. Si así lo hacen, de seguro, se encontrarán con los radicales dispuestos a transitar por el mismo camino.

 

 

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