Hay que recuperar la brújula

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Por Roberto Frenkel

Un reciente trabajo econométrico comparativo internacional sobre la relación entre tipo de cambio real y crecimiento (no es el de más reciente publicación) fue presentado en 2006 por los economistas Alvaro Aguirre y César Calderón. Se lo encuentra entre los documentos de trabajo en el sitio del Banco Central de Chile. La investigación agrega evidencia robusta sobre la relación histórica positiva entre los niveles del tipo de cambio real y las tasas de crecimiento.

El trabajo tiene varios elementos originales, tales como las técnicas econométricas utilizadas y la metodología aplicada para medir los grados de apreciación y depreciación del tipo de cambio real. Un elemento original es el intento de analizar por separado las formas de la relación tipo de cambio-crecimiento en los casos de apreciación y depreciación. En el caso de apreciación, los autores encuentran una relación monótona: las tasas de crecimiento son menores cuanto más apreciado es el tipo de cambio. Por el contrario, en el caso de depreciación, los autores encuentran una asociación monótona hasta cierto umbral, por arriba del cual no se verifica una relación positiva entre el tipo de cambio real y el crecimiento.

El resultado sugiere que la relación entre las variables no es lineal, sino que tiene forma más compleja. La metodología de este tipo de estudios no permite extrapolar sus resultados a la relación entre el tipo de cambio real y el crecimiento que rige en una determinada economía en un determinado momento. Pero sus hallazgos sirven de todas maneras para orientar las políticas económicas. Por un lado, el resultado más general de la investigación de Aguirre y Calderón suma evidencia sobre la asociación positiva entre el tipo de cambio real y el crecimiento expuesta por numerosos trabajos. Por otro lado, el resultado particular comentado llama la atención sobre la posible existencia de umbrales en la relación y, más generalmente, sobre nuestro desconocimiento de su forma específica.

Ese desconocimiento plantea problemas particulares al manejo de una política de tipo de cambio real competitivo. Por ejemplo, sabemos que el mayor crecimiento que experimentan las economías que adoptan un tipo de cambio real competitivo resulta en parte de los efectos expansivos sobre la demanda agregada que éste induce, pero no sabemos la importancia relativa de los distintos efectos ni cómo varía su peso relativo entre países y a lo largo del tiempo.

Un rasgo singular del régimen macroeconómico del tipo de cambio real competitivo y estable (Tcrce) es que la política cambiaria mantiene encendido un poderoso motor de expansión de la demanda agregada y del empleo.

Es precisamente a través de estos efectos sobre la demanda de bienes comerciables de producción local, la demanda de inversión y la demanda de trabajo que se efectiviza buena parte de los estímulos al crecimiento de la producción y del empleo.

El componente de política cambiaria del régimen puede establecer, a través de los mismos efectos expansivos que estimulan el crecimiento, un elemento de presión inflacionaria inexistente en otros regímenes cambiarios. Los efectos del tipo de cambio real, en general, y el grado de presión inflacionaria, en particular, dependerán de la estructura de la economía y también de las circunstancias que ésta atraviesa. En relación con la estructura, por ejemplo, los efectos resultarán diferentes en una economía con una población importante en el sector de subsistencia, que alimenta continuamente la oferta en el mercado de trabajo, como es el caso de China, que en una economía que no ostenta esa característica, como es el caso de la Argentina. En relación con el segundo punto, el grado de presión inflacionaria diferirá según el estado de ocupación de la fuerza de trabajo y otros recursos. Por ejemplo, la presión inflacionaria resultará menor en la salida de una recesión que luego de varios años de expansión, pues ésta tiende naturalmente a ocupar las capacidades instaladas y a encontrar cuellos de botella.

La consecuencia más importante de las incertidumbres mencionadas es que es muy difícil, sino imposible, hacer sintonía fina con la política cambiaria para regular el ritmo de crecimiento de la demanda agregada. Sabemos que existe una asociación positiva entre el tipo de cambio real y el crecimiento, pero no sabemos si esta relación es no lineal, si tiene umbrales, o cómo difiere entre países y varía a lo largo del tiempo. Consecuentemente, no se dispone de los conocimientos básicos para orientar una política cambiaria de sintonía fina. Además, en ausencia de esos conocimientos, experimentar con la política cambiaria parece completamente desaconsejable. Un objetivo fundamental de la política de Tcrce es reducir la incertidumbre de las decisiones de inversión y empleo de los agentes. Consecuentemente, cambios experimentales e inciertos en la meta cambiaria operarían muy negativamente sobre el objetivo principal de la política.

Impulso expansivo

En resumen, en un régimen de Tcrce la componente cambiaria establece un impulso expansivo permanente sobre la demanda que puede dar lugar a la presión inflacionaria y ese impulso no es regulable mediante la sintonía fina de la política cambiaria. Estas características singulares del régimen imponen rasgos también particulares a las otras políticas macroeconómicas que componen el régimen: la existencia de un impulso expansivo permanente enfatiza los roles de frenos que deben jugar las políticas fiscal y monetaria. En general, las políticas macroeconómicas fiscal y monetaria se enfocan en el control de la demanda agregada y pueden jugar roles expansivos o contractivos.

No es diferente en un régimen de Tcrce, pero en éste hay una presión permanente sobre el acelerador del vehículo. De modo que el control de la velocidad de la expansión, esto es, la regulación del ritmo de crecimiento de la demanda agregada queda bajo la responsabilidad de las políticas fiscal y monetaria. Como hay una presión permanente sobre el acelerador, el grado de presión que ponen sobre el freno es el papel regulador más destacado en esas políticas.

En nuestro país, no se prestó adecuada atención a las presiones inflacionarias. Por el contrario, a las presiones inherentes a la preservación de un tipo de cambio competitivo se sumó un impulso fiscal expansivo. Consecuentemente, la inflación tendió sistemáticamente a acelerarse.

Cuando los controles de precios resultaron evidentemente impotentes para contener la aceleración, se apeló torpemente a la manipulación de las estadísticas oficiales de precios y se perdió la orientación de la política macroeconómica.

Sin embargo, aún estamos a tiempo de controlar la inflación y recuperar la brújula. Pero hay que querer hacerlo.

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