El regreso del Napia
Cuando todos lo creían en retirada, volvió Guillermo “Néstor” Moreno. Uno de los candidatos para dirigir el INDEC calcula la inflación en el 25% anual. Desde la Casa Rosada ya le bajaron el pulgar. La estrategia para ahuyentar el fantasma del default. El verdadero riesgo país.
Criticadigital.com.ar – Uno de los candidatos más mencionados en los últimos días para ocupar la dirección del INDEC realiza desde hace años en su fundación una medición propia de la inflación. El dato de julio triplicó al publicado por el INDEC de Moreno y arroja una inflación anual del 24,7 por ciento.
El indicador se desaceleró notablemente el mes pasado respecto de la suba de precios registrada durante los meses del conflicto con el campo: en abril la inflación anualizada fue del 28%, en mayo, del 29,4% y en junio llegó al 29,8%. Pero todavía está un escalón arriba del índice de precios anualizado de marzo: 22,9%.
Se preserva el nombre del candidato para evitar que sea tachado inmediatamente de la lista por el matrimonio presidencial. Para aventar suspicacias del kirchnerismo bobo, que imagina una conspiración detrás de cada estadística, vale aclarar que el profesional en cuestión es un defensor del “modelo” y es consultado por funcionarios del área económica.
Ex titular del INDEC, el candidato cree que hay que blanquear las cifras del organismo, sea cual fuere el resultado. Dice que para ello no hay secretos: hay que volver al “cálculo histórico, con algunos agregados”, reincorporando parte del personal técnico que desplazó Guillermo Moreno.
Está convencido de que el costo de dibujar la inflación es muy superior a cualquier ahorro en los bonos ajustados por CER. Y que plantea un serio riesgo para la política económica. “Hablé hace unos días con empresarios: algunos proyectan costos al 30% y otros al 35%. Hay una inflación de expectativas que supera a la inflación real”, explica. En la Casa Rosada dicen que el candidato ya fue descartado.
VOLVIÓ. Todos lo creían en retirada, incluso encumbrados funcionarios. Pero luchó y volvió. Guillermo Moreno reapareció el jueves pasado en el centro del escenario oficial. Primero, la Secretaría de Comercio envió una intimación a los bancos privados exigiendo que informaran las tasas de interés que cobran a sus clientes. La señal no fue solo hacia fuera, sino también hacia adentro.
El área es competencia del titular del Banco Central, Martín Redrado, candidato eterno a ocupar el Ministerio de Economía, quien junto a Sergio Massa defiende la idea de transparentar los números del INDEC. Además, el jefe de Gabinete se había reunido esta semana con la asociación de bancos, para sondear la opinión del establishment financiero sobre el plan oficial de recompra de deuda.
Las imágenes, en el kirchnerismo, lo dicen todo. Después de mucho tiempo, Moreno también apareció en una foto junto a la Presidenta, durante la firma de un convenio de precios con una empresa de fertilizantes.
Moreno ya vio pasar a tres ministros de Economía (Miceli, Peirano, Lousteau) y a un jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Todos coincidían en que el secretario de Comercio sólo acumulaba fracasos en su gestión y que su figura producía un gran daño al Gobierno.
El nuevo jefe de Gabinete, Sergio Massa, optó por no confrontar de entrada. Pero dejó en claro, en el despacho presidencial, que recomendaba el despido por las mismas causas. ¿Cómo es posible entonces que continúe en su cargo? La respuesta es que Moreno es Néstor Kirchner. No hay nadie que interprete con mayor lealtad y obediencia las órdenes
del ex presidente.
Desde la Jefatura de Gabinete aseguran que, pese a las señales contradictorias, el plan para recuperar la credibilidad del INDEC se implementará tarde o temprano. La jugada no es sencilla, como se explicó en esta columna, porque implica asumir inevitables costos políticos para Cristina (más inflación, pobreza e indigencia) y abre un delicado frente en el manejo de la deuda en pesos ajustada por inflación. Con Moreno en el Gobierno suena a utopía.
FANTASMAS. Con el superávit fiscal primario (recaudación menos gastos), el Gobierno paga los intereses de la deuda y una parte pequeña del capital. El resto de los vencimientos de capital se refinancian con nuevos títulos públicos. Como los mercados de crédito están casi cerrados para Argentina, la emisión de títulos en los últimos dos años se hizo mayormente con Venezuela (en total, unos u$s 7.500 millones). El gobierno de Chávez siempre cotizó esos bonos al valor de mercado y de allí se infiere la tasa de interés a pagar.
Que Argentina pague el doble de tasa de interés de Brasil o Perú es, entre otras cosas, el costo Moreno. La colocación del último bono de mil millones de dólares a Venezuela a una tasa del 14,9%, superior a la tasa que pagó Cavallo en el megacanje previo al default, no sólo generó turbulencias financieras. También indica que, por un buen tiempo, habrá que olvidarse de la asistencia de Chávez.
Aun bajo ese escenario de mercados de crédito totalmente cerrados, el fantasma del default con el que asustan las calificadoras de riesgo aparece lejano. En 2009, vencen unos u$s 20.500 millones. En un escenario normal, poco más de la mitad (intereses, cupón PBI y algo de capital) podría afrontarse con el superávit operativo. Quedarían entre u$s 9 mil y 10 mil millones a cubrir para escapar a la cesación de pagos.
El Gobierno podría anunciar la cancelación anticipada de la mitad de esos vencimientos con reservas. Representan sólo 11% de los 47 mil millones de dólares en poder del Central. Si se quisiera afrontar la totalidad de los vencimientos, habría que destinar el 20% de las reservas, que igualmente quedarían en el orden de los 37 mil millones, por encima del nivel que el Central estimó óptimo –un año atrás– para defender el valor del peso.
Vale recordar que cuando Kirchner decidió la cancelación de la deuda con el FMI se recurrió al 35% de la divisas del Central, que en 2005 cayeron a 18 mil millones.
Una estrategia de recompra más agresiva de títulos públicos fue evaluada en los últimos días en despachos oficiales. A falta de otras definiciones en la política económica, ahuyentaría fantasmas. Y significaría un ahorro sustancial para el fisco. Se rescatarían bonos que cotizan al 75 en el mercado, por los que de esperar al momento del vencimiento, en 2009, el Estado deberá pagarlos al 100. Tampoco tiene mucho sentido buscar desesperadamente financiamiento al 15% cuando las reservas rinden entre 5 y 6 por ciento.
RIESGO PAÍS. En el horizonte de la economía la inflación es la mayor amenaza. Aun suponiendo que las expectativas no se dispararan, con precios escalando arriba del 20% o el 25% anual, más temprano que tarde los reclamos de los industriales por el atraso cambiario se harán escuchar. Sobre todo en un contexto donde el margen del Banco Central para recuperar un dólar de 3,20 o más está acotado por la desconfianza de los ahorristas y el impacto sobre los precios.
Sin plan antiinflacionario, tampoco es posible reducir mucho las tasas de interés sin arriesgarse a una pérdida de depositantes en los bancos. Y es difícil revertir la dolarización de portafolios que se largó a mediados del año pasado. Desde entonces, se fugaron –en el cálculo más conservador– más de 10 mil millones de dólares. El dato es equivalente a la dolarización de carteras previa a la devaluación que sepultó a la convertibilidad.
En esta oportunidad el escenario es distinto. El superávit comercial del último año y el ingreso de dólares por la ventanilla comercial financiaron la gigantesca salida de dólares por la ventanilla financiera. Antes de la crisis con el campo incluso, pese a la fuga, los dólares sobraban, lo que se expresó hasta entonces en el aumento de las reservas del Banco Central.
Sin embargo, a futuro, nada garantiza que los dólares del superávit comercial sean suficientes y lo aconsejable sería tomar medidas para restablecer la confianza en el peso. Por dos motivos. Por el lado de la oferta de dólares, no hay certeza de que los precios de las exportaciones agrícolas logren sostenerse, con el atraso cambiario las importaciones crecen en volumen más que las exportaciones y se achica el superávit comercial. Por el lado de la demanda, el proceso de dolarización se aceleró desde marzo y, a este ritmo, la fuga se proyecta en 15 mil millones el próximo año.
