El dramatismo de la inflación

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Opinión de Roberto Frenkel. El dramatismo de una inflación que viene acelerándose y que alcanza, digamos, tasas anuales del orden del 20%, depende del contexto en que se observa el fenómeno.

El dramatismo de la inflación

El dramatismo de una inflación que viene acelerándose y que alcanza, digamos, tasas anuales del orden del 20%, depende del contexto en que se observa el fenómeno. En un contexto de crecimiento rápido, con superávit fiscal y superávit en cuenta corriente, con un volumen importante de reservas internacionales, con vencimientos de deuda pública y externa que no presentan grandes dificultades y con una sucesión de shocks externos positivos, ese proceso inflacionario no luce muy dramático. Requiere simplemente que el gobierno lleve adelante una política antiinflacionaria. No una política heroica, como las que se aplicaron en Argentina y América Latina en situaciones de alta inflación, déficit fiscal y externo y sobreendeudamiento, sino una política antiinflacionaria más modesta y convencional, que detenga la aceleración y conduzca gradualmente la inflación a tasas menores y tolerables.

El dramatismo que se asocia al proceso inflacionario descrito deviene exclusivamente de que las más altas autoridades del país desconocen su existencia, pese a que una gran proporción de los economistas que trabajan en el gobierno son conscientes del problema y están muy preocupados. En mi trabajo profesional junté alguna experiencia sobre ambos temas: sobre inflación y sobre gobiernos, en nuestro país y en exterior. Con ese antecedente a la vista, me permito decir que un panorama como ése es inédito para mí.

Un escenario plausible bajo estas condiciones es que la aceleración de la inflación se presente en conjunción con una tendencia a la apreciación del tipo de cambio real. Esto nos llevaría en algún tiempo a la reapertura de los déficits en cuenta corriente y fiscal y nuevamente a la acumulación de deuda pública y externa, si se consigue financiamiento. La trayectoria puede darse en combinación con una demanda que continúe expandiéndose, porque la primera fase del ciclo que genera la apreciación cambiaria estimula generalmente el consumo y el endeudamiento. Sería la primera fase de lo que se denomina un ciclo populista.

El camino más absurdo para entrar en el ciclo populista es que las autoridades ignoren la aceleración de la inflación. Por ejemplo, si el nivel de las tasas de interés y la tendencia del tipo de cambio nominal – dos variables cruciales que maneja el Banco Central – se determinan con relación a una tasa de inflación subestimada los resultados son tasas de interés real negativas y apreciación del tipo de cambio, digan lo que digan los boletines del INDEC y el Banco Central. Lo que importa para la dirección del proceso económico son los precios que los agentes encuentran o deciden en los mercados, no los que se imprimen en el papel. La subestimación del ritmo de inflación priva al gobierno de guía y lo convierte en su víctima principal: cree que va para un lado mientras que, en realidad, está yendo para otro.

Durante bastante tiempo, la principal característica atribuida por el gobierno a la política económica fue la preservación de un tipo de cambio real competitivo y estable. Esta caracterización se desdibujó más recientemente, en coincidencia con una creciente indefinición de los lineamientos más generales de la política macroeconómica. El discurso del gobierno sigue mencionando positivamente un tipo de cambio competitivo, pero el punto suele presentarse solamente a la defensiva, en contraposición con quienes reclaman que el Banco Central deje de intervenir en el mercado y permita la caída del tipo de cambio nominal.

La preservación de un tipo de cambio real competitivo es un compromiso que asume la política económica para estimular la producción, la inversión y el empleo en las actividades exportables y en las actividades que compiten con importaciones. Procura inducir a los agentes a desentenderse de la evolución del tipo de cambio nominal, en el entendido que las autoridades conducirán la política cambiaria para preservar la rentabilidad observable en las condiciones presentes. Les dice a los agentes que deben confiar en la estabilidad del tipo de cambio real competitivo, aunque no exista una regla explícita al respecto.

La preservación de la competitividad es una orientación cualitativa de la política cambiaria. Así expresada, no se traduce sencillamente en una fórmula de cálculo. Para instrumentarse, la noción tiene que ser operacionalizada. Para simplificar la cuestión con un ejemplo consideremos exclusivamente el tipo de cambio real con relación a los Estados Unidos, denominado tipo de cambio real bilateral con esa economía. Esta medición intenta evaluar la evolución de la competitividad de los bienes y servicios argentinos en comparación con los bienes y servicios norteamericanos. Dado cierto precio del dólar en el mercado cambiario argentino, la competitividad argentina aumenta – la moneda argentina se devalúa en términos reales – si los precios en los Estados Unidos aumentan más que los precios en Argentina. Por lo mismo, la competitividad argentina se reduce – la moneda se aprecia en términos reales – si los precios en Argentina aumentan más que los precios en los Estados Unidos. Así, la evolución del tipo de cambio real bilateral con los Estados Unidos depende positivamente de la evolución de la cotización del dólar en el mercado local y de la inflación norteamericana y depende negativamente de la inflación en nuestro país. Para operacionalizar los cálculos se usan normalmente los índices de precios al consumidor en las dos economías. Son cálculos gruesos, pero la fórmula podría servir de guía a la política cambiaria, que en este caso tendería a mantener estable el tipo de cambio real bilateral.

Para evaluar la evolución de la competitividad de la economía con el resto del mundo, la medición del ejemplo precedente se debe generalizar al conjunto del comercio exterior. Se deben tomar en cuenta los tipos de cambios de las diferentes monedas y las evoluciones de los precios en cada una de esas áreas monetarias o países. El indicador habitual es el tipo de cambio real multilateral. Este es un promedio de los tipos de cambios reales bilaterales con los países y áreas del resto del mundo, ponderados por las respectivas proporciones de esas áreas y países en nuestro comercio internacional. En el numerador entran los tipos de cambios de las diferentes monedas y los índices de precios de los países y áreas monetarias del resto del mundo. El denominador es el Indice de Precios al Consumidor de nuestro país. Aunque los cálculos que miden la evolución del tipo de cambio real multilateral son aún más gruesos que los de los tipos de cambio bilaterales, la evolución del tipo multilateral, con el IPC argentino bien medido, es normalmente mejor indicador general de la trayectoria de la competitividad y mejor guía de la política cambiaria que un tipo de cambio bilateral.

La preservación del tipo de cambio real multilateral aparecía hasta hace un tiempo como la regla implícita que instrumentaba el enunciado de política del gobierno. Pero el seguimiento de la evolución de la competitividad mediante el tipo de cambio real multilateral y la capacidad de este indicador para servir de guía a la política cambiaria se complicaron recientemente por tres causas. Primero, la abrupta depreciación del dólar y la mayor fluctuación del resto de las monedas. Estas variaciones no impactan uniformemente sobre el comercio internacional del país. Por ejemplo, los cambios afectan diferencialmente exportaciones e importaciones y distintos sectores, reduciendo la calidad del tipo multilateral como índice de competitividad. Segundo, los precios de una significativa proporción de nuestras exportaciones se establecen en mercados mundiales denominados en dólares, de modo que los precios locales de los países de destino final de las exportaciones son poco relevantes para el indicador de competitividad. Tercero, pero de la mayor importancia, la inflación se aceleró y el IPC perdió representatividad como indicador de la evolución de los precios en nuestra economía.

Esas circunstancias se combinaron con la mencionada imprecisión de las políticas macroeconómicas para inducir la mayor incertidumbre sobre la evolución futura del tipo de cambio real que experimenta nuestra economía desde 2003.

Una trayectoria macroeconómica como la descrita arriba daría lugar a una conflictividad creciente. Por ejemplo, aunque no resulta evidente a simple vista, el conflicto desatado por el establecimiento de las retenciones móviles está relacionado con la aceleración de la inflación y el estado nebuloso en que se encuentra el marco de política macroeconómica. Obsérvese que, de un lado, el gobierno exponía sus argumentos presentando cálculos de los precios al productor derivados de la aplicación de las retenciones, expresados en dólares corrientes. Del otro lado, los que protestaban hablaban de costos crecientes y rentabilidad. Parecía que los principales actores del conflicto hablaban de cuestiones diferentes y de hecho, era así. Ocurre que hoy en día expresar en dólares corrientes un precio que regirá en el futuro informa poco sobre el futuro precio relativo local o la futura relación precio-costo. Como mencionamos, el tipo de cambio real que regirá en el futuro es actualmente más incierto que nunca antes desde 2003. Esto no constituyó la principal motivación del conflicto, pero hizo seguramente su contribución. No es difícil imaginar reclamos y conflictos con otros sectores. Por ahora, el comportamiento de los precios internacionales y la extensión de los subsidios atemperan, pero no lo pueden hacer y no lo harán siempre.

Urge una redefinición consistente de las políticas macroeconómicas. Obviamente, el freno a la inflación debería ocupar un lugar central entre los objetivos de esa redefinición. Pero, como venimos insistiendo, ese relanzamiento de la política económica difícilmente puede hacerse sin que las más altas autoridades de país reconozcan la aceleración de la inflación y resuelvan de manera clara y creíble la medición de los precios por parte del INDEC.

(*) Roberto Frenkel es Investigador Titular del CEDES y Profesor de la UBA

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