La inflación dificulta mantener el modelo a flote

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Advertencia de los economistas más afines al gobierno

LaNación.com.ar – Se sienten comprometidos y esperanzados, aunque comparten cierto temor por el futuro de este modelo económico que tanto han defendido en estos últimos seis años tras la explosión de la convertibilidad a fines de 2001.

Están cerca del Gobierno, o no tanto; en cualquier caso, creen que la receta para crecer consiste en utilizar ingredientes heterodoxos, diferentes de los 90, aunque no son ingenuos: saben que si no hay correcciones habrá problemas serios y que las políticas ortodoxas volverán a ganar popularidad. Cuando hablan de problemas se refieren, básicamente, a la creciente inflación.

A diferencia del propio Gobierno, no tienen pudor en admitir que hay una excesiva suba de los precios que no se está frenando en forma adecuada. Ni que hablar de la forma de medirla: advierten que seguir haciéndolo en forma incorrecta alienta una mayor inflación.

Para realizar un diagnóstico completo sobre la economía kirchnerista y sus chances de seguir creciendo, La Nacion consultó a la ex ministra de Economía, Felisa Miceli; al economista justicialista Eduardo Curia; al titular del plan Fénix, Abraham Gak; al presidente del Credicoop, Carlos Heller; y al director del Centro de Estudios sobre la Situación y Perspectivas de la Argentina (Cespa) de la Universidad de Buenos Aires, Jorge Schvarzer. Más allá de señalar la inflación como el principal desafío para el modelo, coinciden en expresar que el susto que existe en parte de la sociedad respecto de la continuidad del crecimiento tiene más que ver con la historia de los últimos 30 años de la Argentina que con los datos de la coyuntura; pero no por eso piensan que el Gobierno puede dejarse estar frente a las asignaturas pendientes.

Paradójicamente, o no, una de las advertencias más rigurosas fue la de la ex ministra Felisa Miceli, que se alejó de su cargo tras un escándalo judicial que sigue sin resolverse. “Se abandonó la gestión destinada a resolver los temas más acuciantes. El caso del campo, por ejemplo, no se soluciona con una medida macroeconómica como subir la tasa de interés o con el superávit: requiere un trabajo conjunto con los sectores, pero a la vez atendiendo la realidad de cada uno de ellos”, apuntó Miceli.

En ese sentido, la ex funcionaria, frente a los reclamos del campo, ejemplificó que no hay que crear una falsa dicotomía entre la soja y otros productos para fomentar el crecimiento de la economía: “No hay una limitación territorial por la cual la soja desplace al resto del campo. Se trata de incentivar también la producción de leche, blanquear a los matarifes y brindarles crédito a los productores más chicos. La clave de la política económica es segmentar”, expresó. Tras permanecer cerca de un año y medio al frente del Palacio de Hacienda, la economista que también presidió el Banco Nación afirmó que “todas estas medidas no se aplican en un laboratorio, sino dia-

SE sienten comprometidos y esperanzados, aunque comparten cierto temor por el futuro de este modelo económico que tanto han defendido en estos últimos seis años tras la explosión de la convertibilidad a fines de 2001.

Están cerca del Gobierno, o no tanto; en cualquier caso, creen que la receta para crecer consiste en utilizar ingredientes heterodoxos, diferentes de los 90, aunque no son ingenuos: saben que si no hay correcciones habrá problemas serios y que las políticas ortodoxas volverán a ganar popularidad. Cuando hablan de problemas se refieren, básicamente, a la creciente inflación.

A diferencia del propio Gobierno, no tienen pudor en admitir que hay una excesiva suba de los precios que no se está frenando en forma adecuada. Ni que hablar de la forma de medirla: advierten que seguir haciéndolo en forma incorrecta alienta una mayor inflación.

Para realizar un diagnóstico completo sobre la economía kirchnerista y sus chances de seguir creciendo, La Nacion consultó a la ex ministra de Economía, Felisa Miceli; al economista justicialista Eduardo Curia; al titular del plan Fénix, Abraham Gak; al presidente del Credicoop, Carlos Heller; y al director del Centro de Estudios sobre la Situación y Perspectivas de la Argentina (Cespa) de la Universidad de Buenos Aires, Jorge Schvarzer. Más allá de señalar la inflación como el principal desafío para el modelo, coinciden en expresar que el susto que existe en parte de la sociedad respecto de la continuidad del crecimiento tiene más que ver con la historia de los últimos 30 años de la Argentina que con los datos de la coyuntura; pero no por eso piensan que el Gobierno puede dejarse estar frente a las asignaturas pendientes.

Paradójicamente, o no, una de las advertencias más rigurosas fue la de la ex ministra Felisa Miceli, que se alejó de su cargo tras un escándalo judicial que sigue sin resolverse. “Se abandonó la gestión destinada a resolver los temas más acuciantes. El caso del campo, por ejemplo, no se soluciona con una medida macroeconómica como subir la tasa de interés o con el superávit: requiere un trabajo conjunto con los sectores, pero a la vez atendiendo la realidad de cada uno de ellos”, apuntó Miceli.

En ese sentido, la ex funcionaria, frente a los reclamos del campo, ejemplificó que no hay que crear una falsa dicotomía entre la soja y otros productos para fomentar el crecimiento de la economía: “No hay una limitación territorial por la cual la soja desplace al resto del campo. Se trata de incentivar también la producción de leche, blanquear a los matarifes y brindarles crédito a los productores más chicos. La clave de la política económica es segmentar”, expresó. Tras permanecer cerca de un año y medio al frente del Palacio de Hacienda, la economista que también presidió el Banco Nación afirmó que “todas estas medidas no se aplican en un laboratorio, sino dialogando y tratando de no enamorarse de los instrumentos". ¿A qué apunta con esa advertencia?… Del mismo modo que hubo un enamoramiento por la convertibilidad, que duró 11 años hasta que estalló la crisis, los acuerdos de precios ya cumplieron su rol; existe la sensación de que ya no sirven y que ahora hay que fomentar un mayor nivel de inversión".

Más tradicional en sus recetas, Eduardo Curia señaló sin eufemismos que quisiera ver un ataque "decisivo sobre la inflación, a través de un esquema bianual de metas descendentes de precios, acompañado en la misma dirección por las negociaciones salariales en 2009". Curia admitió su preocupación porque el superávit fiscal se está alcanzando sólo con el aporte de los extraordinarios precios de las materias primas y sin ningún esfuerzo del lado del gasto público. El otro elemento clave, agregó Curia en sintonía con el resto de los entrevistados, es restaurar la credibilidad de las estadísticas oficiales vapuleada desde principios de 2007 por orden del presidente Néstor Kirchner por medio del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, cuyo poder ya ha eclipsado a tres ministros de Economía. "Es una pena que el nuevo índice se demore tanto", se lamentó Curia, que de inmediato agregó que la política de acuerdos de precios sólo debe ser "la coronación", es decir, el último eslabón de una política integral antinflacionaria (y no al revés, como sucede ahora).

Más optimista y académico, Schvarzer aportó un punto de vista menos tajante. "Este año vamos a crecer un 7 u 8 por ciento, por el arrastre estadístico de 2007 y por la gran inversión en maquinaria, lo que se refleja en un aumento de la capacidad instalada, así que no veo problemas para el sector productivo. Además, el precio de la soja nos asegura exportaciones por más de US$ 60.000 millones y si bien es cierto que el tipo de cambio tiende a atrasarse (por la inflación), no observo que caigan las ventas industriales al exterior". Según el economista de la UBA, aunque "exista un problema puntual como es la inflación, si se quisiera frenarla con recetas ortodoxas, como una desaceleración de la economía del 8 al 4 por ciento, perderíamos unos US$ 12.000 millones, y encima existe el riesgo de no poder bajar los precios".

Con un discurso cercano al del Gobierno, Schvarzer curiosamente cree que al informar todos los días sobre la suba de precios con tanto énfasis, algunos medios de comunicación, "alientan las expectativas inflacionarias: si todo el mundo piensa que el teatro se va a incendiar, va a ocurrir eso".

Respecto del sensible conflicto con el campo, Schvarzer también pidió apuntalar más la producción de leche y de la ganadería, manteniendo la política actual de retenciones para los granos. "Los productores de granos están recibiendo el precio más alto en dólares de su historia", afirmó.

Inflación inconveniente

Más moderado, Abraham Gak ,del Plan Fénix y ex rector del colegio Carlos Pellegrini, sostuvo que aunque la inflación "esté tomando volúmenes inconvenientes para generar un adecuado proceso distributivo de los ingresos, hay que seguir creciendo todo lo que se pueda, manteniendo al mismo tiempo los superávit gemelos". Gak parece más preocupado por el futuro que por el presente. "La inflación no pone en jaque todavía al crecimiento, pero hay que regularizar la información de los precios. Me parece más importante sentar las bases de una estrategia de crecimiento de mediano plazo que no está a la vista", opinó. Tal vez su vocación docente lo lleva a pensar la realidad desde un enfoque diferente, inclusive respecto del conflicto del agro.

"En algún punto la crisis fue positiva porque obligó a debatir a todo el mundo en un país que parecía dormido, aunque mucha gente hable sin demasiado fundamento", concluyó.

Heller, un banquero con una visión particular de la economía en su nicho, opta por señalar un camino intermedio: "Frente al riesgo inflacionario, algunos dicen que hay que enfriar la economía; yo creo que hay que eliminar los consumos no imprescindibles. Por ejemplo, se podrían otorgar menos créditos el consumo para comprar TV plasma o teléfonos celulares, y dejar de subsidiar las tarifas de los servicios públicos de los sectores de alto consumo", detalló Heller.

A cambio, se debería colocar más esfuerzo en el financiamiento de la producción y en reducir la "excesiva concentración entre los formadores de precios", agregó.

A diferencia de los otros economistas heterodoxos que ya señalaron el peligro del atraso cambiario, Heller y Schvarzer destacaron que la Argentina está mejor que antes frente a importantes mercados como Europa, Asia y Brasil, por la revaluación de sus respectivas monedas.

Pero Curia retrucó que "la mayoría de las transacciones de la Argentina se hacen en dólares, así que hablar de la competitividad del tipo de cambio multilateral me parece valioso solamente como un ejercicio teórico".

Sobre esta cuestión cambiaria, hay funcionarios del Gobierno que creen que aunque lógicamente ya se perdió cierta competitividad desde 2002, no es el momento de cebar más la rentabilidad de los bienes transables con una mayor devaluación del peso que alimente la suba de los precios.

Al respecto, advierten que en algún momento, cuando EE.UU. se recupere en 2009, el dólar podría volver a fortalecerse a nivel global y si en ese momento el peso argentino estuviese más débil que ahora, la inflación pegaría un salto enorme.

Estos funcionarios prefieren pensar en una desaceleración del consumo de los sectores más acomodados de la sociedad, vía aumento de las tarifas de los servicios públicos que no afecte a los más pobres, como forma de frenar la presión inflacionaria. También creen que es el momento para subir levemente las tasas de interés, de modo de volver a incentivar el ahorro privado en un contexto de crisis financiera internacional.

Pérdida de sustancia

¿Qué ocurrirá si no se solucionan estas deficiencias del modelo? Nuevamente Curia fue el más contundente: "Uno podría prever un escenario de estanflación (bajo crecimiento económico y alta inflación). Si la inflación gana terreno, va a contaminar el nivel de actividad y al final empalmará con la cuestión cambiaria", advirtió.

Con otras palabras, Miceli brindó un panorama similar. "Sin acciones claras, se va a hacia una pérdida de sustancia del modelo: con aumento de precios, por la razón que sea, se reduce la vitalidad del consumo interno, en un círculo vicioso en el que el alza de salarios está por arriba del 20% y los alimentos suben demasiado", indicó sin perder su tono cordial.

Schvarzer, en cambio, señaló que "el tiempo permitirá reducir el temor a otra crisis" si se mantiene la solvencia fiscal y externa, junto con el alto ritmo de inversión, mientras que Gak reclamó "una agenda clara de prioridades".

"Parece frívolo pensar en un tren bala cuando el resto de la red ferroviaria no funciona; es un claro ejemplo de que la política de inversiones no está bien alineada, a diferencia de lo que ocurre en materia social", afirmó.

Heller tampoco cree que el modelo esté en riesgo. "Tiene fortalezas macroeconómicas, por méritos propios, y la coyuntura global de materias primas tiende a sostenerlo."

Queda claro después de escucharlos que nadie en el Gobierno podrá acusarlos de "noventistas" u "opositores". Todos creen en el sendero emprendido pero advierten que es necesario encarar una fuerte tarea de pavimentación y bacheo para evitar que el modelo pierda su rumbo en medio de tanto humo.

¿Qué otras voces pretenderá escuchar el Gobierno para darse cuenta de la necesidad de efectuar algunos cambios, sin la urgencia de tener que hacerlo con una crisis enfrente?

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