El 2020 amaneció con la irrupción de un nuevo actor en el escenario político internacional: el Covid-19. La llegada de esta pandemia pone en jaque las concepciones socio-económicas de los países más desarrollados, y nos propone repensar de aquí en adelante, la importancia de desarrollar sistemas de salud públicos fuertes, preparados para afrontar cualquier amenaza.

Pero ¿Son solo las variables económicas y socio-sanitarias las que esta pandemia pone en tela de juicio? o ¿Su aparición modifica también el desarrollo de las instituciones de los sistemas democráticos y liberales, al generar las condiciones necesarias para el surgimiento de posicionamientos de corte nacionalista, con poco apego al respeto por las instituciones, a la división de poderes y la representación de las minorías?
Tal cual lo expresó German Arciniegas, cuando allá por 1958 escribió “Entre la libertad y el miedo”, los hombres que temen acepta dócilmente y renuncia a contradecir las figuras de autoridad que pretenden decidir por él. En cambio los hombres libres y sin miedo, se sienten estimulados a defender y afianzar sus derechos, y a intentar modificar la realidad en función de sus expectativas.
En este sentido, y reconociendo que en los últimos años se ha visto un avance electoral de posiciones más ligadas al nacionalismo, es imposible negar que el miedo que generó la expansión del Covid-19, ha revestido y legitimado la aparición de políticos o acciones políticas extraordinarias, socavando la legitimidad y confianza en la democracia y en las instituciones republicanas, aún en países que cuentan con una larga y profunda tradición democrática y republicana, como en los Estados Unidos o varios países de Europa. Así, cada vez son más los pueblos que prefieren populismos con salidas rápidas, personajes fuertes y extraordinarios que se creen capaces por sí mismos de interpretar la voluntad popular y ejecutarla. Y es en este caótico escenario, en donde estos líderes han logrado con éxito introducir la comparación semántica de la pandemia con una situación de guerra, como estrategia efectiva para legitimar los estados de excepción y avanzar sobre las instituciones democráticas, autorizando importantes restricciones a las libertades individuales con el fin último de lograr la supervivencia.
Pero es aquí donde cabe hacernos la pregunta más importante: Teniendo en cuenta que la institución de nuevas prácticas políticas no suele ser un hecho pasajero, muy por lo contrario, una vez instaladas, es difícil que vuelvan el estado de cosas anterior ¿Cuánto estamos dispuestos a resignar para sobrevivir? ¿Tienen realmente estos líderes la solución a todos nuestros males o sus estrategias discursivas solo buscan generar miedo para encubrir el avasallamiento de las instituciones democráticas?
Para responder a esta pregunta debemos tener presente que, tal como enuncia Yascha Mounk “las democracias liberales están llenas de controles y contrapesos pensados para impedir que un partido o fracción acumule demasiado poder y para fomentar la conciliación de los intereses de grupos diferentes. Pero en la imaginación de los populistas, no hay razón alguna para que la voluntad del pueblo esté mediatizada por nada ni nadie, y, desde esa lógica, todo compromiso con minorías es una forma de corrupción. En ese sentido, los populistas son hondamente democráticos: creen mucho más fervientemente que los políticos tradicionales que los demos deben mandar. Pero también son acérrimos iliberales: a diferencia de los políticos tradicionales, ellos no tienen reparo en proclamar que ninguna institución independiente y ningún derecho individual debería amortiguar la voz del pueblo”. Es decir, estos populismos actúan movilizando la tiranía de las mayorías, desapareciendo poco a poco las libertades individuales. Ahora, teniendo en cuenta esto estamos en condiciones de hacernos el siguiente interrogante ¿Qué está sucediendo en nuestro país?
Dentro de la Argentina sucedieron episodios como el caso de una mujer que fue detenida por la policía al violar la cuarentena en la provincia de San Luis y luego fue encontrada muerta en su celda, o el de un joven que fue detenido por un tuit en el que incluyó la palabra “saqueo”. También, un gobernador anunció que se fajarían y marcarían las casas de las personas infectadas para lograr un mejor control social, y hubo lugares donde los intendentes han decidido discrecionalmente levantar barricadas, otros hacen sonar sirenas a determinada hora de la tarde para que la gente sepa que ya no es tiempo de salir. Por su parte, el Gobierno anunció y reconoció que realiza ciberpatrullaje, al mismo tiempo que utiliza cámaras que miden la temperatura corporal y cierran comercios por no cumplir con sus normativas.
Al mismo tiempo en las últimas semanas fuimos testigos de letreros y mensajes que buscan amedrentar a posibles portadores del covid-19. Estos carteles atacan al espectro de profesiones exceptuadas de cumplir la cuarentena y buscan una especia de guetificación de los mismos instando a que cambien su domicilio para así evitar la “infección”. De la misma forma vemos como son los mismos vecinos que desde sus balcones se instituyen como una policía del mundo exterior escrachando y hostigando a quienes supuestamente violan el aislamiento. Es paradójico que en un contexto donde la solidaridad y la empatía se vuelven tan necesarias lo que emerge con más fuerza es la desconfianza.
Sin olvidar, los casos de “errores” en las compras de insumos diversos, la incorporación desmedida de personal, la falta de planificación de estrategias de seguimiento y aplicación de las políticas públicas son algunos de los ejemplos que denotan un estado nacional signado por la improvisación que se deja influenciar por el humor social que dictan las redes sociales, o la imagen del presidente en las encuestas; mientras nos pretende hacer creer que es un gobierno de científicos.
Y estos fenómenos no responden a diferentes variables, sino que muy por el contrario, son dos caras de la misma moneda. La sociedad quebrada y carente de puntos de referencia se refleja y actúa como lo hacen sus gobernantes. La excepcionalidad ha dado la justificación necesaria para actuar por decreto, con poderes ejecutivos nacionales y provinciales poderosos, con un parlamento y poder judicial totalmente paralizados. Es decir, esta crisis ha brindado los recursos para que sea legítima la vulneración de nuestra privacidad, haciendo que esta situación de excepcionalidad se vuelve cada vez más peligrosa y compleja. Por un lado, es necesario la toma de medidas urgentes para lidiar con la crisis. Por el otro, estas medidas dañan el tejido de nuestra democracia. En síntesis, este estado de emergencia no ha suspendido las instituciones democráticas, por fortuna, pero prescinde de las mismas y se muestra autoritario. Y esta actitud permea sobre la sociedad, quien la percibe y actúa a semejanza.
Ante esta situación cabe hacernos 2 preguntas. Por un lado ¿Qué garantías tenemos de que estas acciones y situaciones responden solo al estado de emergencia, y se limitaran solo al periodo en que dure su desarrollo? La respuesta es muy clara: ninguna. Y ante este nuevo escenario, ¿Como podemos hacer las cosas de manera diferente? ¿Cuales son los valores fundamentales que no debemos olvidar a la hora de actuar frente al avance de esta pandemia?
La única respuesta a esta fractura es una apuesta a los derechos de los ciudadanos. Recuperar el sentido de estos y velar por su protección es la mejor herramienta para atravesar el aislamiento sin un quiebre en la comunidad ni en el tejido democrático. Es importante que existan controles pero estos no pueden ser abusivos ni afectar los derechos individuales o colectivos. Es un momento crucial para hacer una puesta en valor de estos y poder pensar nuevos derechos y necesidades que emergen de esta situación.
Debemos entender que ninguna sociedad puede vivir en un estado de emergencia permanente. Debemos entender que las políticas que se lleven a cabo en estos momentos tan críticos deben ser excepcionales. Sin embargo, estas experiencias también deben servirnos para poder repensar las instituciones de las que formamos parte. Esta crisis deja de manifiesto que las ficciones que creamos (fronteras, dinero, instituciones) no son tan sólidas como lo aparentan. ¿Esto significa que estamos obligados a una reorganización de la economía global que ya no esté a merced de los mecanismos del mercado? No. No estamos hablando de cambiar todo el sistema que nos rodea. Pero si es estamos convencidos que es un buen momento para reflexionar acerca del funcionamiento de las instituciones y poder perfeccionarlas en pos del bienestar general.