Opinión | 21/09/2017

Escuelas tomadas: un espejo de nuestros propios límites

Por Martín Lousteau y Débora Pérez Volpin.

En las últimas semanas se ha discutido mucho acerca de la toma de 30 escuelas públicas por parte de los estudiantes en protesta contra el proyecto Secundaria del Futuro. Se ha dicho mucho: que los chicos no piden que se los escuche “sino que se los obedezca”; que “el debate en las tomas atrasa”; que todo está promovido por “actores políticos y legisladores”; o que “tomar un colegio es una medida extorsiva”. Cada una de estas opiniones podrá tener algo de verdad. Sin embargo, resulta llamativo que pocas voces se hayan preguntado por qué los jóvenes recurren cada vez más seguido a este tipo de expresiones en vez de buscar otras alternativas para manifestar sus preocupaciones. Vivimos en una cultura del no diálogo. ¿Por qué, frente a una preocupación legítima, los chicos elegirían otro camino si nuestra sociedad les muestra cada día que el diálogo no es un valor? ¿Por qué esperar que nuestros jóvenes den el ejemplo cuando los adultos no somos capaces de discutir y consensuar abierta y racionalmente sobre los temas comunes que debemos resolver?

La reacción de estos chicos es un espejo de nosotros mismos, los adultos. Criticarlos sin analizar el contexto en el que viven es simplemente hacer una proyección de nuestras propias frustraciones, limitaciones e incapacidades. Cuando juzgamos a los jóvenes por su comportamiento estamos evitando juzgarnos a nosotros mismos.

¿Qué hubiese pasado si los chicos hubiesen visto cómo sus referentes y aquellos que tienen peso en el sistema de decisión dialogaban durante el proceso de diseño del proyecto Secundaria del Futuro? Cuando no hay diálogo y a eso se le suma, como en este caso, la ausencia de información oficial clara y abierta sobre la reforma, es lógico que se genere confusión y rechazo. El apoyo a los cambios, por mejores intenciones que tengan, no se da de forma automática; se debe construir con los actores. Las reformas que se implementan con éxito nacen casi siempre de consensos construidos previamente.

Por ejemplo, debatamos si está bien que el objetivo de Secundaria del Futuro sea trabajar la emergencia de la deserción y la repitencia pero sin promover medidas para elevar la calidad de la educación de forma equitativa. Incluyamos la jerarquización de la formación docente porque ningún sistema puede ser mejor que la calidad de sus docentes.

La ciudad precisa un gran instituto de formación docente de excelencia para corregir la heterogeneidad de los 226 que hoy existen. Si la propuesta pretende prácticas laborales para los de 5º año ¿por qué no pensar en una red de tutorías masivas para ayudar a los chicos terminen el secundario a cargo de estudiantes universitarios públicos de los últimos años? O en un legajo escolar único para tener seguimiento de las trayectorias de los estudiantes a lo largo de todo su aprendizaje. Otros tendrán sus aportes e ideas que compartir. Y entre todos animémonos a trabajar para dotar a la ciudad de una Ley de Educación, que es la gran deuda pendiente en esta materia. Todo es posible. Pero sólo si somos capaces de escuchar al otro y propiciar un verdadero intercambio. Si tomamos conciencia de que debemos construir un futuro sin ser rehenes de los extremos y fanatismos. Si podemos salirnos de una lógica confrontativa que nos bloquea. Nada se puede construir sin diálogo. Nada bueno puede perfeccionarse desde el enojo, el miedo o la oposición irracional. Démosle el ejemplo a nuestros jóvenes.

Martín Lousteau y Débora Pérez Volpin, economista y periodista respectivamente, son candidatos a Diputado Nacional y Legisladora porteña, por Evolución Ciudadana. 

 


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