Opinión | 28/07/2017

Los polaquitos

El legislador Juan Nosiglia opina sobre la vulnerabilidad en la que viven la mayoría de los chicos en la Argentina y la necesidad urgente de articular políticas en educación, deporte y cultura para brindarles oportunidades.

La historia de El Polaquito nos impactó a todos. Luego del informe emitido, las opiniones no tardaron en llegar a través de todos los medios argentinos: delincuencia, adicción infantil, anomia. Tampoco tardó en llegar la acusación al periodismo por falta de ética y por violación a la ley integral de protección de los derechos del niño. Haciendo a un lado el debate más estricto sobre la veracidad o no del relato del niño de 11 años, lo cierto es que hay un problema de fondo, y es grave: Argentina tiene millones de chicos creciendo en la marginalidad.

Repasemos algunos números. Casi la mitad de los niños y los adolescentes en Argentina viven en la pobreza. En nuestro país, hay un total de 13,5 millones de niños y adolescentes, y casi seis millones de ese total están afectados por la pobreza. Es decir, el 46% de los chicos y los adolescentes entre 0 y 17 años vive en hogares que no llegan a cubrir los ingresos necesarios para pagar una canasta básica familiar. Entre esos casi seis millones de chicos, 1.300.000 son indigentes, lo que significa que sus familias no tienen los ingresos para cubrir las necesidades nutricionales básicas de sus integrantes. La Ciudad de Buenos Aires, la más rica del país, tiene 142 mil niños y adolescentes que son pobres y 36 mil que son indigentes.

Argentina lleva dos años recuperando estadísticas públicas, haciendo un gran trabajo para saber dónde estamos parados. Hoy lo sabemos. Ya no se trata solamente de divulgar datos, tenemos que hacer algo con esos datos, porque en eso consiste la política. Necesitamos empezar a trabajar en serio para afrontar los problemas que sufren las generaciones que vienen, porque de ellas depende el futuro.

Sabemos que la situación es alarmante y que, dada la gravedad de las circunstancias bajo las cuales viven millones de niños y adolescentes, especialistas han denominado a este fenómeno como la infantilización de la pobreza. ¿Por qué? Porque en una Argentina que tiene 32% de su población sumergida en la miseria, el 44% de ese total es menor de edad. Es decir, se trata de niños y adolescentes que no pueden tener una vida digna en el corto plazo, pero que probablemente tampoco la tengan en el largo plazo si no se empieza a pensar en soluciones estructurales.

Son muchísimas las privaciones que sufren los niños y los adolescentes que viven en la marginalidad, porque no tienen garantizados los derechos básicos, porque sufren carencias en relación con el hábitat, la salud, la educación, la socialización y la información.

Las consecuencias de la pobreza en los chicos son conocidas por todos. Crecen en viviendas precarias con niveles de hacinamiento moderado o crítico. La falta de alimentación adecuada les genera dificultades en el crecimiento y problemas enormes en su desarrollo neurofisiológico. Existe, además, un porcentaje alto de niños sin controles médicos de rutina y de abandono escolar.

La escasa estimulación social e intelectual temprana tampoco ayuda. Se trata de niños y adolescentes que, pese a disponer del tiempo para socializarse en ambientes distintos al escolar o familiar, no lo hacen. No realizan actividades físicas o deportivas ni actividades culturales o artísticas. Estamos convencidos de que una de las prioridades del Gobierno debe ser la de invertir sostenidamente para fortalecer los clubes de barrio y fomentar la práctica del deporte, como así también las actividades artísticas o recreativas que son fundamentales para integrar a los sectores más vulnerables. En la Legislatura de la Ciudad, los diputados de Evolución hemos presentado diversas iniciativas en este sentido, que esperan aún su tratamiento, como la ley de mecenazgo para clubes de barrio o la tarifa social para clubes y centros culturales. Educación, deporte y cultura son las claves para sacar a los pibes de la calle. Necesitamos las mejores escuelas, y más polideportivos, clubes y centros culturales en los barrios.

Muchos de los niños y los adolescentes pobres conviven todos los días con la violencia, la droga y la delincuencia. Crecen en tierra de nadie, sin ley, sin derechos y sin oportunidades. Las soluciones no pueden ser pasajeras o transitorias, es urgente atacar el problema de fondo, y el problema de fondo exige que el Estado redefina sus prioridades. Tenemos el Estado más grande de la historia, pero no el más eficiente.

Los daños que sufren los chicos que viven en condiciones sociales y económicas paupérrimas más de las veces son irreversibles, y es necesario admitirlo, afrontarlo y avanzar en políticas públicas para ofrecerles un futuro. Es nuestra tarea más urgente. 

 


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