Opinión | 14/01/2017

Entre los vaivenes y la necesidad de debatir el propósito de nuestro Estado

Martín Lousteau, embajador argentino en Estados Unidos, escribe sobre los riesgos de recaudar y gastar sin fines claros.

La Argentina campeona mundial de la volatilidad -cuyas causas y extendidas consecuencias describimos con Javier González Fraga en el libro "Sin Atajos" publicado en 2005- sigue sin darnos respiro. No sólo se trata del impacto de dichos vaivenes en nuestras vidas, sino de la vacuidad de la discusión conceptual a la que llevan. Como suele decir el diputado nacional Fernando Sánchez: “Cuando en lugar de debatirse matices se disputan posiciones extremas por los medios de comunicación, lo más seguro es que no se esté discutiendo nada en serio”.

Las recientes polémicas sobre el ajuste fiscal son un ejemplo claro. La lógica indica que al exceso de gastos que genera un déficit insostenible no puede seguirle otra cosa que una restricción de los mismos. En esa oscilación esperable, un grupo aprovecha para señalar al otro de haber engordado inútilmente el Estado; y el otro responde que ese es un argumento falaz para desmantelarlo. Unos denuncian el desembarco con militantes en beneficio de una facción política; los otros su cooptación por parte de las corporaciones privadas. Intervencionismo fallido y neoliberalismo son los dardos que se arrojan mutuamente. Desafortunadamente, el retorno de esa antinomia artificial opaca un debate mucho más rico acerca del propósito de nuestro Estado. Y de nuestro país.

A lo largo de la historia más reciente, nuestro Estado ha padecido una suerte de desorden alimenticio: engorda y adelgaza, una y otra vez. En ese proceso se suele regodear en la discusión acerca de su reflejo en el espejo, pero nunca se detiene a pensar cuál es el propósito que persigue con las distintas dietas, o cómo está en realidad su salud.

Los movimientos pendulares anulan esta discusión, ya que cada vez que las políticas se llevan hasta el extremo de su fracaso, lo primero que hay que hacer luego es normalizar. O, en palabras del economista Miguel Bein, “volver a acomodar los autitos del Scalextric en la pista”. Esta situación genera, a su vez, facilismos e ilusiones. Quienes tiraron los autitos al piso defienden sus razones y critican su nueva disposición en la línea de largada; y los que los reposicionan corren el riesgo de caer en la trampa de pensar que esa es su gran cometido. Este es un ciclo que se repite una y otra vez en Argentina con los actores principales rotando de lugar.

Salir del cepo, cerrar el conflicto con los fondos buitre, subir las tarifas o normalizar las relaciones con el resto del mundo no constituyen objetivos en sí mismos. Son un paso inevitable: se puede diferir en su implementación, pero no sobre la necesidad de llevarlos a cabo. Por ello, ni las críticas por las formas ni la complacencia con los resultados de dicho proceso de normalización deben impedir reconocer que la tarea que debe emprenderse es otra y va mucho más allá: rediseñar el Estado con un propósito claro.

El Estado actual tiene, en términos reales, tres veces más recursos por habitante que hace veinte años. Es decir que posee el triple de capacidad de provisión de bienes y servicios a sus ciudadanos. A pesar de ello, no he conocido a nadie que sostenga que hoy disfruta de tres veces más y mejor seguridad, salud, educación, justicia, infraestructura, transporte y acceso a la vivienda que hace dos décadas. Algo muy profundo falla si con mucho más dinero brindamos menos: o no sabemos adónde vamos o administramos mal… o ambas cosas a la vez. Y si ese es el caso, claramente no bastarán más recursos para revertir la situación.

Personalmente no soy amigo de las comparaciones entre el Estado y la empresa, o entre la economía familiar y la macroeconomía. Pero permítanme esta excepción: la finlandesa Nokia llegó a tener en su pico más del 40% del mercado global de teléfonos móviles. Y, con sus 60.000 empleados, a representar en el año 2000 cuatro puntos del PBI finlandés, 21% del total de exportaciones y a contribuir con hasta un tercio del crecimiento total de la economía de su país. El surgimiento de los smartphones puso a Nokia en crisis porque su propósito de fabricar teléfonos celulares más pequeños y baratos quedó desactualizado, y la propia economía finlandesa padeció el impacto.

En el caso del Estado argentino -sumando Nación, provincias y municipios- estamos hablando de una participación en la economía del 45%, es decir 10 veces mayor a la que llegó a tener Nokia en Finlandia. Si funciona cada vez peor, a la larga es el total de la economía la que lo sufre, independientemente de los vaivenes de corto plazo. Y si queda rezagado en la carrera con otros Estados del mundo será mucho más difícil que nuestras exportaciones puedan ganar nuevos mercados, ya que en el costo de todo lo que producimos y vendemos está el Estado a través de los impuestos. Eventualmente, la única manera de compensar dicho defecto es haciéndolas más baratas, es decir con un dólar más alto. Pero eso implica que los trabajadores argentinos se volverán relativamente más pobres que los de otras naciones.

El Estado argentino debe recuperar su propósito y la política tiene el deber de debatir precisamente esto. Quizás no haya hoy otro tema tan relevante. El automatismo de que nuestro Estado sea un ente que recauda y gasta sin fines claros o que sea una entidad en la que todos los actores -menos los que más lo necesitan- se disponen a sacar una ventaja de corto plazo sin control, en un comportamiento casi de rapiña, nos lleva inevitablemente a anular toda posibilidad de una prosperidad duradera. 

 


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